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jueves, 16 de diciembre de 2010

Ni con el pétalo de una rosa

Desde hace unas semanas vengo leyendo Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson (Planeta, 2005). ¿Ya se los había dicho? De no ser así, ahí está: todos los días cargo en mi bolso este tremendo ladrillo que entretienen mis traslados en el Metropolitano. Me molestaba el título tan directo y cómo los demás tomaban a la ligera su significado. En general, la primera parte de la novela no trascendía más allá de ser una historia policial adictiva.

Sin embargo, el estribillo de la segunda parte me hizo retomar el tema central del libro: “En Suecia, el cuarenta y seis por ciento de las mujeres han sufrido violencia por parte de algún hombre”.

Las relaciones entre hombres y mujeres continúan siendo complejas, y seguirá así por mucho tiempo. A pesar de los avances, una extraña nube negra ensombrece la cabeza de muchos varones e impide que entiendan y respeten la individualidad de la mujer.

No creo que la mujer sea mejor que el hombre. Es más, creo que la sexualidad es una línea imaginaria en la sociedad. Sin embargo, es imposible dejar pasar tantos actos de violencia de género que se perpetran diariamente. No debería ser tan difícil entender que como individuos somos diferentes; y así mismo, aprender de la tolerancia y respetarnos.

En el prólogo de la novela se describe una extraña flor que ha llegada como obsequio de cumpleaños. Este presente se ha vuelto una tradición desde hace más de cuarenta años y podría traer una pista sobre la desaparición de una mujer. Precisamente, la singularidad de la flor me recuerda a las particularidades que tenemos cada uno de nosotros como individuos y que, al fin de cuentas, es nuestra responsabilidad proteger.

“El nombre latino era Leptospermum (Myrtaceae) rubinette. Se trataba de una planta bastante insignificante, con pequeñas hojas parecidas a las del brezo y una flor blanca, de dos centímetros, con cinco pétalos. En total tenía unos doce centímetros de alto.

La especie era originaria de los bosques y las zonas montañosas de Australia, donde crecía entre grandes mantas de hierba. En Australia la llamaban Desert Snow. Más tarde, una especialista de un jardín botánico de Uppsala constataría que se trataba de una flor poco común, raramente cultivada en Suecia. En su informe, la botánica explicaba que la planta estaba emparentada con la Leptospermum flavescens y que a menudo se confundía con su prima, la Leptospermum scoparium, considerablemente más frecuente, que crecía por doquier en Nueva Zelanda. La diferencia, según la experta, consistía en que la Rubinette presentaba, en los extremos de los pétalos, un pequeño número de puntos microscópicos de color rosa, que le daban un tono ligeramente rosáceo.

En general, la Rubinette era una flor asombrosamente humilde. Carecía de valor comercial. No poseía ninguna propiedad medicinal conocida ni provocaba efectos como condimento y resultaba inútil para fabricar tintes vegetales. En cambio, tenía cierta importancia para los aborígenes de Australia, quienes, por tradición, consideraban sagradas la región de Ayers Rock y su flora, Por lo tanto, el único objeto existencia de la flor parecía ser el de alegrar el paisaje de su caprichosa belleza.

En su informe, la botánica de Uppsala comentaba que si la Desert Snow era rara en Australia, en Escandinavia resultaba simplemente excepcional. No había visto jamás un ejemplar, pero se habían realizado intentos de introducir la planta en unos jardines de Gotemburgo y que, quizá, a título individual, fuera cultivada en pequeños invernaderos por amantes de las flores y aficionados a la botánica. La dificultada de su cultivo en Suecia se debían a que requería un clima suave y seco; además, debía estar en el interior durante la época invernal. El suelo calizo resultaba inapropiado y, por si fuera poco, necesitaba que el agua se le suministrara desde abajo, para que la absorbiera la raíz directamente. En fin, exigía muchas atenciones.”

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