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viernes, 2 de diciembre de 2011

Sobre el oficio de vender libros

 Foto: Archivo de Efe.

El pasado viernes 25 de noviembre, España celebró por primera vez el «Día del Librero», gracias a la iniciativa de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL). Pero las luces y reflectores se los robó Javier Marías, quien no perdió oportunidad para comentar y felicitar esta campaña que busca promover el amor por los libros.

En una reciente entrevista para Efe, el escritor consideró que «Es esencial que haya un día reservado a los libreros, sobre todo a los de toda la vida, a esos que no son grandes superficies, que conocen el gusto de sus lectores y les recomiendan libros y más aún ahora que parece que se ciernen ciertas amenazas sobre ellos».

«Es un trabajo difícil, sobre todo porque los medios de comunicación no prestan demasiada atención a las librerías pequeñas», enfatizó.


A propósito de las declaraciones de Javier Marías por el estrenado «Día del Librero», quería compartir con ustedes un extracto de la novela Todas las almas (DeBolsillo, 2006), donde el español reflexiona sobre la profesión del librero. 

«Las librerías de viejo, para el que tenga gusto por ellas, son el paraíso polvoriento y recóndito de Inglaterra, frecuentado además por los caballeros más distinguidos del reino.  Su variedad y abundancia, la ilimitada riqueza de sus fondos, la rapidez con que se renuevan sus existencias, la imposibilidad de explorarlas nunca a conciencia, el mercado reducido pero pujante y vivo que representan, las convierte en un territorio siempre sorprendente y remunerador. (…) El cazador de libros está condenado a especializarse  con mayor  ahínco, y al mismo tiempo acaba haciéndose, irremediablemente, cada vez más generoso y acomodaticio en sus intereses, según se le va inoculando el virus irrefrenable del coleccionismo. (….)
Los libreros ingleses de viejo viajan todavía por el país, visitando librerías vetustas de ciudades relegadas y de pueblos perdidos, acudiendo a las casas de campo donde ha habido un muerto instruido con descendencia iletrada, pujando ventajosamente en míseras subastas locales, no perdiéndose una improvisada o espontánea feria provincial de libros (celebradas frecuentemente en lugares tales como el parque de bomberos, el vestíbulo de un hotel sin clientes o el claustro de una iglesia). Viajan e investigan y husmean incesantemente, y por eso tiene sentido hablarles de lo que quieren obtener, porque es muy probable que lo consigan.»

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